Y la mujer del gorro rojo se derramo en un segundo sobre sí misma, parecía encapsulada con sus propios fluidos, atravesó la burbuja pero se desvaneció como el agua y recorrió en un segundo las calles que había pisado y sintió los bordes de cada escalón y desnivel por fin había sentido algo y del rojo salió a conocer el mundo a través de los acueductos, nada dulces, ni limpios y mucho menos de olores sutiles.
En las gotas me derramo, me recreo, es vida y muerte sin que eso signifique nada, ser de agua, perdido entre la sequia de cuerpos plantados como arboles en la ciudad, ajenos, perdidos y encontrados bajo llave.
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